Manto. Voz quechua del cielo, de arriba.

Manto es protección, abrazo, abrigo.
La tela manda, la tela tiene alma,
tiene un recorrido y una historia.
Nació de la profunda necesidad de
vincularme con la naturaleza y una cultura
que todavía estuviera fuertemente integrada a ella.

Viajé al norte y pude encontrar lo que buscaba.
Sentí su presencia, su identidad, el silencio de la charla vacía.

Busque la forma de acercarme,
de crear un proyecto que me vinculara
y me permitiera vivir con ellos,
aprender e intercambiar saberes.
Un viaje para conectar, para compartir.

Abrieron sus casas para recibirnos,
nos aceptaron, nos invitaron,
nosotras escuchamos,
observamos la tranquilidad y simpleza en la tarea cotidiana,
su elegancia, sus costumbres.

Ellos tejen, ellas hilan mientras cantan.
Caminan, ríen de una manera franca y simple, un tanto tímida.
Hacen silencio, dejan espacio.
Desde mi mirada y mi lenguaje estético aporto, 
busco una nueva forma, organizo, comunico.

Caminamos y visitamos diferentes casas, diferentes familias.
Soñamos y armamos un grupo de trabajo.
Incentivamos, inspiramos y nos comprometimos en un mismo núcleo de hacer y crear.
Damos lo mejor de cada uno.

La vuelta a Buenos Aires, la ciudad y su dinámica.
La búsqueda de la silueta urbana.
Cortar, unir, coser.
Buscar combinar la excelencia,
los mejores tejedores de allá,
y el saber de los grandes sastres que existieron en nuestra ciudad.

Imprimimos huellas en sus textiles,
textiles que hablan de otros tiempos cuando todavía había tiempo.
Reflexionamos, observamos, estudiamos y entendemos
los contrastes, los diferentes ritmos entre su mundo y el urbano.
Buscamos un dialogo, una armonía.
Diseñamos estampas y formas que reflejen emociones, vibraciones, frecuencias.

Conectar para sentir, desconectar para percibir.
El silencio, entrar en un espacio atemporal que esta siempre más allá.
La atemporalidad que esta siempre mas allá de la forma,
y nos deja vislumbrar la belleza de la nueva forma.